En el marco de Muestra Simbologías del rastro, la Galería del Paseo reunió en Punta del Este a dos artistas peruanos José Carlos Martinat y Mariano León, en una exhibición donde política, industria, memoria prehispánica y cultura contemporánea dialogan desde la apropiación y el remix.
Simbologías del rastro: ruinas contemporáneas y memoria industria
Extraer la piel del poder
La historia entre ambos empieza mucho antes del arte: nacidos en Lima, criados en el mismo complejo habitacional, cada uno con un hermano gemelo. Cuatro chicos idénticos que se convirtieron en amigos inseparables. Una anécdota que parece un desborde literario, pero que enmarcará una amistad y una complicidad creativa que lleva décadas.
Martinat desarrolla desde 2010 una técnica que él mismo denomina “extracciones”: un procedimiento que le permite arrancar con su sustrato la pintura de los muros políticos en el espacio público, con eso desarrolla una base o película firme que conserva los mensajes políticos que circulan en la vía pública.

En Perú —un país que en la última década ha atravesado una inestabilidad extrema, con múltiples presidentes y repetidos escándalos de corrupción— las campañas electorales invaden diariamente las calles con consignas pintadas directamente sobre los muros. No son afiches: son capas de pintura superpuestas, Promesa sobre promesa, eslogan sobre eslogan.
Lo que hace Martinat es intervenir esa lógica de ocupación. Así como los partidos pintan sin pedir permiso, él también actúa sin autorización: aplica una cera especial, extrae fragmentos de esas superficies y los convierte en obra. La calle se transforma en archivo. El muro, en vestigio.
En sus primeras acciones, recomponía frases a partir de letras arrancadas de distintos slogans para devolverlas al espacio público como contra discurso. Más tarde, esas piezas migraron al cubo blanco: galerías, museos y ferias internacionales.

El gesto no es decorativo. Es político.
Trabajó esta metodología en Lima, en la frontera entre Tijuana y San Diego, en Caracas —donde vivió sus experiencias más intensas— y en Buenos Aires, donde una acción en galería provocó la irrupción de grafiteros que intervinieron el espacio en pleno opening. Lejos de incomodarse, Martinat registró todo con su cámara: la reacción también era parte de la obra.
“Lo más interesante es cuando algo se mueve”, dice. Y se mueve.
En Punta del Este, las piezas expuestas pertenecen a murales de pequeñas y medianas empresas, muchas del rubro inmobiliario y constructor. Cada obra conserva el nombre original de la compañía intervenida. Capas de pintura que hablan de mercado, expansión urbana y promesas de progreso.
Colgadas sin marco, suspendidas casi con fragilidad, las obras parecen ruinas contemporáneas: pieles flexibles que alguna vez fueron muro. La estética es limpia, casi minimal, pero detrás hay conflicto, historia y fricción.
Martinat llama a este interés reciente “ruinofilia”: una fascinación por los vestigios, por aquello que queda cuando el discurso oficial se desgasta.
Industria, plumas y arqueología pop
Si Martinat trabaja con la ruina política, Mariano León lo hace desde la memoria prehispánica y el imaginario industrial.
Uno de los ejes de su obra reciente toma como referencia los textiles plumarios de culturas antiguas del Perú —Nazca, Wari, Chancay— donde las plumas, especialmente las traídas desde la Amazonía eran objetos sagrados y de alto valor simbólico.

En particular, se inspira en un hallazgo realizado en los años 40 en la región de Churunga, cerca de Arequipa: un conjunto de estandartes plumarios enrollados en tinajas funerarias. De casi 1,80 m de altura, estas piezas habrían funcionado como emblemas o dispositivos ceremoniales.
León traduce ese legado en clave contemporánea utilizando guantes industriales —muchos de ellos mineros— que encuentra en mercados de descarte. Los ordena, los ensambla y construye superficies que evocan alas de guacamayo (ararauna), túnicas ceremoniales o patrones geométricos asociados al poder incaico.

El contraste es potente: materiales duros, utilitarios, asociados al trabajo extractivo, convertidos en íconos de memoria ancestral.
La obra titulada Churunga remite directamente a aquella región del hallazgo arqueológico. Otras piezas evocan las túnicas cuadriculadas que, según las crónicas, vestían los guerreros cercanos a Atahualpa en el momento del encuentro con Pizarro.
Industria y ritual. Mina y selva. Mercado y museo.
Remix como lenguaje
Hay algo que une profundamente a ambos artistas, la música: la lógica del remix.
Martinat reapropia propaganda política; León reinterpreta símbolos prehispánicos a través de materiales industriales. Si bien ninguno de los dos responde a una formación académica tradicional en bellas artes, ambos trabajan desde una idea y un concepto definido, convocando colaboradores técnicos cuando es necesario.
León, además, es DJ. Y ese pensamiento musical atraviesa su práctica visual: samplear, remezclar, resignificar.
Actualmente está proyectando una instalación sonora donde cajas acústicas construidas en adobe emitirán un registro procesado de guacamayos amazónicos, generando un paisaje sonoro tenue, casi fantasmal. La ruina no solo se ve: también se escucha.
Lo que se exhibe en Simbologías del rastro son capas de historia, fracasos políticos, estrategias de marketing cultural, apropiaciones del poder y tensiones entre centro y periferia.
Son fragmentos arrancados —del muro, del mercado, de la memoria— que hoy cuelgan como evidencia.
Y en ese gesto, silencioso pero firme, late una pregunta:
¿qué queda cuando el discurso se desgasta?
Georgina Gil de Castro
2026 ©Punta del Este Style, para Arena Press Inc.
Agradecimientos: Silvia Arrocés / Galería del Paseo
Créditos PH: Fiorella Benavides